El hombre que salió del armario de Polanski

El caso “Polanski” parece estar dando un giro estos días. El acusado va rebuscando en sus cuentas los 3 millones para que la justicia americana con la mano diligente suiza le deje cumplir su pena encarcelado en su propia casa, de igual manera que Fidel Castro se apiadaba de los homosexuales cubanos en los años 60.

Sumergidos en el mar de noticias morbosas sobre el director de origen “franco-polaco” derramados en todos los periódicos mundiales, os propongo que hagamos un viaje a los tiempos cuando Polanski era solo “polaco” para rescatar lo que a nosotros nos interesa más: la música.

Las grandes películas de Polanski de esos tiempos – El cuchillo en el aguaLa semilla del diabloEl baile de los vampirosRepulsión llevan la estampa de un hombre, cuyo verdadero nombre – Krzysztof Trzcinski – en el impronunciable polaco resultó ser cambiado por el seudónimo: Komeda. El compositor predilecto de Roman, su amigo del alma hasta su muerte en el 1969, “salió del armario” gracias a un corto que joven Polanski realizó en la escuela de cine de Lodz en 1958. Dos hombres y un armario sigue siendo una pequeña joyita del cine mundial que poco ha brillado, por ser casi totalmente desconocida. Rodada en la costera ciudad de Sopot – cuna del jazz polaco (si la etiqueta “Polish Jazz” no os suena de nada, tenéis un deber por hacer…) con la música medio improvisada de Komeda y su incipiente sexteto justo después del primer brote de la libertad jazzera entre los años 1957-1958 (los primeros festivales de jazz en Polonia).

Komeda, un médico que abandonaba la carrera fascinado tanto por el piano y hard bop, como por la cautivante gloria de la bohema de los proscritos del régimen comunista (el jazz en la Polonia comunista era considerado “imperialista”, por lo cual estaba muy mal visto por las autoridades), a parte de ser estrella del género americano, componía soundtracks a un ritmo vertiginoso. La música para Dos hombres derrocha frescura y belleza, dejando también entrever el talento venidero de Komeda, bautizado “Miles Davis” polaco (los que tocaron con Komeda son héroes hoy día). El cortometraje cuenta una historia sin palabras, con la música como una realidad paralela a la marcha melancólica de dos hombrecitos con un mueble por las calles llenas de incomprensión, palizas y desilusión. La película, aunque pilló a Komeda y Polanski en su juventud, comprime y acerca sus estilos y personalidades mejor que cualquier otra: la brutalidad de la vida y la ternura del ser humano, traducidos musicalmente al diálogo entre el hard bop con una balada, quizás una nana. Colaboraron juntos hasta la inesperada muerte de Komeda en un accidente de coche en 1968 justo después del gran éxito común en Estados Unidos de Rosemary’s Baby [Semilla del diablo]. Fue una de las terribles muertes que tanto marcaron la vida del gran director encarcelado y que algunos pretenden de resaltar en nombre de la “defensa” de ese hombre genial, pero perturbado por los dramas que la vida no le ha ahorrado. Dejando de lado todo este jaleo, veamos la película, 10 minutos del mejor cine y de la mejor música de hace medio siglo:

Kalina

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